La historia la escriben los vencedores – Anónimo

Atendiendo a la cita con la que empieza este artículo, esto debe ser una “anti-historia”. O más claro, una historia que no fue. Resumiendo: una mentira. O tal vez once, según se mire. Porque once son los goles que “no existieron” en un partido de Copa de la Reina de 1990… al menos durante unos días. Ese año se celebraba la segunda edición de la liga, y cuando ésta cruzaba su ecuador, en febrero, con el Atlético Villa de Madrid como campeón de invierno, llegaba el turno del torneo por eliminatorias por excelencia y se detenía el de la regularidad.

Cumplidas las rondas regionales, se iniciaba la competición desde cuartos de final. Un viaje en la máquina del tiempo nos dice que por entonces los partidos políticos no se esforzaban por ser muy transparentes en sus cuentas y en Europa se hablaba de una crisis alimentaria (¿les suena?) que prohibió la venta de carne de vacuno y leche en el norte de los Países Bajos. Es de esperar que los Reyes Magos ya estuvieran de vuelta, porque si no, igual el “olé olé Holanda y olé, Holanda ya se ve” bien le pudo sonar indigesto a Sus Majestades.

Hablando de viajes, un axioma muy recurrente en el deporte dice que “más vale volver del fracaso y hasta del ridículo que no ir jamás a buscar la gloria” y justo eso le ocurrió al equipo capitalino (Mari Mar Prieto, Begoña Jáuregui, Eli Artola, Isabel Candel…), al que el sorteo quiso cruzar con el recién proclamado campeón de la territorial de Aragón. El Gloria, para más señas. Hasta ahora tenemos a perdedores y a la gloria, polos opuestos, que son los que se atraen según la física. Y si algo tiene el fútbol es físico y física, a las pruebas me remito.

Ocurrió que Gusa, la única guardameta del equipo maño, había sido operada poco tiempo antes y no podía viajar a Madrid, así que Gerardo Pellejero, entrenador de las zaragozanas, se vio obligado a improvisar una cancerbera en una cita tan señalada para su club. Las crónicas, pocas, pero hubo, hablaron de un día poco acertado, de pundonor y de un resultado verosímil a juzgar por la entidad de su oponente: 3-0.

No fue tal. Quién sabe si ese tanteo fue el del encuentro que se dirimió entre las cuatro esquinas verdes de la pizarra del técnico, pero nunca las del terreno de juego, donde las distancias fueron todavía más evidentes, como explica el 11-0 final. El día que se jugó el partido de vuelta, el delegado del equipo aclaró a los informadores que falsearon el marcador de la ida porque “querían evitar que se les rieran” y para eso, se antojaba mejor dar una mentira, no ya piadosa, sino “gloriosa” (perdón por el chiste fácil).

El partido de vuelta volvió a tener color madrileño, y el 2-3, esta vez cierto de principio a fin, sirve para recordar que el Gloria, más allá de una fabulación puntual, anduvo los primeros estadios de un camino que el Prainsa Zaragoza estuvo a punto de culminar, hace dos años, con aquella final de Copa de la Reina en La Romareda. Y como acaban todas las historias, sean reales o no y quienquiera que sea su autor: Fin.

Posdata musical: La mentira según Manu Chao e Iván Ferreiro.